Hispanoamérica · Análisis propio
La balcanización de Hispanoamérica: una estrategia deliberada de potencias rivales
Potencias como el Reino Unido y, posteriormente, Estados Unidos han promovido históricamente la fragmentación del mundo hispano para asegurar su hegemonía. Una estrategia que, según analistas, se mantiene vigente y exige una respuesta coordinada que los líderes hispanos no ofrecen.
Redacción de HispaUnidad · 11 de septiembre de 2026

La fragmentación de Hispanoamérica en una veintena de repúblicas no fue un desenlace histórico inevitable ni el resultado espontáneo de voluntades locales. Según sostiene el analista geopolítico Marcelo Gullo, responde a una estrategia deliberada y sostenida en el tiempo por las grandes potencias para neutralizar el surgimiento de un actor de escala global en el continente. La máxima es simple y universal: los poderosos prefieren negociar con "enanitos" fáciles de someter antes que con un gigante que les hable de igual a igual.
Esta política, argumenta Gullo, fue inaugurada de manera sistemática por Gran Bretaña, la potencia hegemónica del siglo XIX y principal rival del Imperio español. El primer gran golpe a la unidad del mundo ibérico se produjo, en su análisis, en 1640. La secesión de Portugal, hasta entonces unido a España en una doble monarquía, no habría sido un anhelo popular, sino una "maniobra inglesa" de apoyo al Duque de Braganza. Esta ruptura no solo dividió la Península, sino que proyectó esa fractura sobre América, separando a Brasil del vasto territorio hispánico y convirtiéndolo, en la práctica, en un "subimperio" funcional a los intereses comerciales y estratégicos de Londres.
El mismo patrón se repitió con mayor intensidad durante los procesos de emancipación hispanoamericanos. Mientras las trece colonias británicas en Norteamérica se unieron para formar un solo y poderoso Estado, el interés británico era que en el sur ocurriera exactamente lo contrario. El objetivo, según Gullo, era que del inmenso espacio hispano surgiera "la mayor cantidad de estados posibles", pequeños, débiles y a menudo enfrentados entre sí. Para ello, Londres habría utilizado "acciones encubiertas", valiéndose de su influencia en logias masónicas y en las élites comerciales locales, como el "poder angloporteño" de Buenos Aires, enriquecido con el contrabando y favorable a un país pequeño ajustado a sus intereses mercantiles.
El desmembramiento del Virreinato del Río de la Plata en cuatro estados (Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay) es, para el autor, el caso paradigmático de este éxito británico. Fue una victoria de los intereses fragmentarios sobre una corriente hispánica que, si bien buscaba la independencia política de España, no deseaba una ruptura cultural y abogaba por mantener la unidad territorial heredada. Esta estrategia de "dividir para reinar" no fue exclusiva contra la Hispanidad; Gullo recuerda que Londres también apoyó al Sur secesionista en la Guerra Civil estadounidense, con el fin de quebrar a su emergente competidor. En Estados Unidos, la estrategia fracasó; en Hispanoamérica, triunfó plenamente.
Con el declive británico, Estados Unidos heredó no solo la hegemonía mundial, sino también el interés estratégico en mantener la división hispanoamericana. El autor subraya que esta no es una política de un partido o un presidente concreto, sino una constante de Estado. Republicanos o demócratas, la estructura de poder estadounidense siempre preferirá un mosaico de veinte interlocutores débiles a una confederación hispana unida que pueda negociar en pie de igualdad y defender sus recursos y su soberanía. La potencia norteamericana, nacida de la unión, comprende perfectamente que la impotencia hispanoamericana reside en la desunión.
Frente a esta constante presión externa, la pregunta se vuelve hacia el interior: ¿cuál ha sido la respuesta de los propios líderes hispanos? La inacción y la falta de visión estratégica han sido la norma. Los "nacionalismos de campanario", como los define Gullo, que llevan a peruanos, argentinos o mexicanos a percibirse como extraños e incluso rivales, son funcionales a esa agenda de fragmentación. Las élites políticas y económicas de cada país a menudo encuentran más rentable gestionar su pequeña parcela de poder que apostar por un proyecto de bien común a escala continental, convirtiéndose en cómplices, conscientes o no, del debilitamiento general.
Superar la leyenda negra y reivindicar el legado histórico compartido es una condición necesaria, pero no suficiente. La Hispanidad, para tener relevancia en el siglo XXI, no puede ser un mero ejercicio de nostalgia cultural. Su fin último, como señala Gullo, debe ser "la reconstrucción de la unidad perdida". Esto implica reconocer la "sustancia" que nos une —una lengua, una cultura y una matriz espiritual comunes que forjaron una misma civilización— como el fundamento para un proyecto político de largo alcance. Significa entender que la soberanía real de cada una de nuestras naciones solo se fortalecerá a través de la unidad del todo, transformando la actual suma de debilidades en una potencia integrada y soberana.

Por qué importa a la Hispanidad
Comprender que la división hispanoamericana no es un hecho fortuito, sino el resultado de una estrategia geopolítica externa, es el primer paso para contrarrestarla. La impotencia actual de nuestros países solo se superará con la conciencia de una unidad sustancial y la voluntad política de reconstruirla frente a intereses que nos prefieren débiles y fragmentados. El futuro de la Hispanidad depende de su capacidad para pasar de la memoria compartida a la acción coordinada.
Claves
- 1Las grandes potencias buscan sistemáticamente la fragmentación de sus rivales o de zonas estratégicas para dominarlas con mayor facilidad.
- 2El Reino Unido fue el principal instigador de la división de Hispanoamérica en el siglo XIX, una política de Estado heredada hoy por Estados Unidos.
- 3La impotencia de los países hispanos nace de su desunión, en contraste con la potencia de Estados Unidos, que se fundamenta en su unidad.
- 4La pasividad de los líderes hispanos y los nacionalismos locales son funcionales a esta estrategia de fragmentación externa.
